La vida que contiene un café

Marco legal, cumplir la legalidad, leyes que acatar, leyes que reformar, leyes, leyes, leyes…

En estos días, con el conflicto con Cataluña como telón de fondo, se llenan los debates en torno al cumplimiento de la Ley, lo repiten hasta la saciedad, como un mantra para que se nos quede bien grabado en nuestras memorias. Hay que cumplir la Ley. Eso es la democracia. ¿Inclusive si esas leyes nos perjudican porque han sido hechas por y para una casta política que no sufre sus consecuencias? Pues sí, nos dicen.

Entretanto hablar de Ley, quienes trabajamos en el sector de la hostelería, los cuidados, el lavado y envasado de verduras, por citar algunos ejemplos, nos preguntamos ¿y las leyes que regulan los derechos de los y las trabajadoras? ¿Y los convenios colectivos que tanto esfuerzo y huelgas costaron de conseguir? ¿Quién vela por su cumplimiento?

Os relato el día a día de un trabajador de la hostelería, ese sector del que tanto se habla, ese turismo que tanto desean promocionar como forma de salida de esta mal llamada crisis.

He de remontarme a treinta años atrás, pues los desmanes y abusos en este sector no comienzan en 2008 con el estallido de la burbuja inmobiliaria como nos quieren hacer creer.

Hace treinta años un hotel contrata a un chaval recién salido de un curso de hostelería al que se había apuntado tras haber dejado los estudios de niño. Ya entonces la jornada laboral es de una media de doce horas diarias, un solo día libre de descanso y olvídate de días de permiso ni vacaciones. Pero el chico era feliz, pues pudo ayudar a su familia y comprarse a plazos una motocicleta.

A partir de ahí comienza un periplo por distintos bares y restaurantes de la localidad y pueblos colindantes. En todos la tónica es la misma, entre 60 y 70 horas semanales, un solo día libre, salvo en temporada alta que no se descansa ninguno y salarios de miseria. Cuando estaba a punto de cumplir tres años de empleo y la empresa se veía forzada a hacerle contrato fijo, era despedido, y vuelta a empezar. Eso quedó solucionado con las reformas laborales de PP y PSOE. Ya pueden despedirte de cualquier forma. Les sale barato.

Aunque los salarios eran bajos, pudo formar una familia, tuvo una hija. Saltó la barra del bar al saber a su esposa de parto, y tuvo que volver a reintegrarse al trabajo a los dos días. Nada de permisos de paternidad ni esas bobadas que ahora exigen pensó su jefe.

Con una jornada laboral de entre doce y quince horas diarias es imposible criar una hija. Su mujer le llevaba a la niña a la barra del bar para que su padre no le pareciese un extraño. Ese es un dolor que se lleva dentro toda la vida.

Cansado de tanta esclavitud, se lanza al tan laureado emprendimiento, tan de moda en la actualidad y monta su propio negocio. Así descubre que un autónomo no puede ponerse enfermo, que si el negocio te va mal la Hacienda pública no duda en embargarte lo que sea necesario para cobrar sus impuestos (las grandes empresas deben miles de millones pero nadie les amenaza) y se ve obligado a abandonar su sueño acuciado por las deudas. Nadie te rescata, nadie te protege.

Vuelve de nuevo al trabajo en hostelería por cuenta ajena, comienza la crisis, bajan los salarios y se recrudecen las condiciones laborales. Son aún peores que hace treinta años.

Novecientos euros de salario, contratos laborales de doce horas semanales y jornada reales de sesenta. Los inspectores de trabajo se pasean por entre las mesas de los bares, conocen la realidad de este mundo pero se hacen los ciegos y sordos. Es una realidad aceptada y normalizada, los propios trabajadores y trabajadoras del sector aceptan como “es lo que hay, siempre ha sido así” el sólo disponer de un día libre a la semana, turnos imposibles en los que apenas te queda tiempo para dormir y echar las horas que sean, las que el jefe tenga a bien. A veces ocurre que ni siquiera sabes qué día descansas, ni si cogerás vacaciones ni cuando con lo cual es imposible hacer planes con la familia.

Y de pronto te encuentras que acabas de cumplir cincuenta y cuatro años. Que te has perdido en tu vida cumpleaños, bodas y eventos familiares a los que no podías asistir. Que te has perdido la vida de tus hijos. Que aun te quedan por delante años de duro trabajo, dedos molidos y deformados de tantas horas en pie, con el temor a ponerte enfermo y no poder pagar el alquiler de tu hogar y sabiendo que si llegas a la jubilación aun con ganas de vivir ésta será tan exigua que apenas te permitirá sobrevivir.

Soy la madre de la niña que apenas conoció a su padre, siempre detrás de una barra. Y doy las gracias a la Marea café con leche por evidenciar una esclavitud tanto tiempo oculta entre risas y copas.

Gloria Jurado Gil, martes 17 de octubre de 2017.